Mi parto: hace seis meses llegaste tú

Hace hoy seis meses llegaste tú. Tu camino al mundo me sorprendió en un mercadillo, de estos modernos y navideños al mismo tiempo. Sí, cual escena de Almodóvar, rompí aguas en un mercadillo. Tras sobreponerme del susto, tomamos un taxi hasta casa, porque no había contracciones, tuvimos nuestro tiempo para cenar, ducharme e incluso arreglar alguna cosilla. Digamos que parecía que tenías prisa por salir pero las contracciones no llegaban.

Un día y medio más tarde de romper aguas veías la luz. Fue un parto complicado. Nunca pensé que mi parto, tu camino a la vida iba a ser así. Yo, que me había preparado tanto. Yo, que estaba aterrada. Yo, que le había dicho mil veces a tu padre “Si hay que elegir, me quedo yo”. Yo, que quería que vinieras al mundo lo más naturalmente posible. Yo, que tenía miedo e ilusión, nunca pensé que iba a ser así.

Tras estar toda una noche y un día en el hospital, comencé a sentir contracciones a las 9 de la noche. Antes tenía algún dolorcillo, pero me rio yo ahora de esos dolorcillos. Por mucho dolor que tenía, me dijeron que no había borrado el cuello del útero y apenas estaba de uno o dos centímetros, por lo que la noche iba a ser larga. Así que ahí estaba yo, con tu padre apoyándome en todo momento. Usando la pelota, el pito, respirando, poniéndome en mil posturas. Usando la ducha con la pelota para calmar los dolores, tanto es así que inundamos el pasillo.

Una hora más tarde de estar de 1 cm, al insistir la enfermera de planta, que mi cara no era la de 1 cm de dilatación volvieron a verme y de repente la cosa iba mucho más rápida así que me subieron a paritorio. Allí vuelta a empezar, que si la pelota, la ducha …Incluso llegue a usar el gas de la risa, porque había decidido no usar la epidural.

Pero de repente todo empezó a ir rápido. No tú, hijo, tu ibas a tu ritmo, pero todo a mi alrededor empezó a moverse muy deprisa. Las contracciones eran duras muy duras, y la máquina hacia unos ruidos horribles. Cuando yo consideraba que una contracción era normal debía de ser altísima, porque la cara de la matrona cuando yo le decía “esta es suave” era un cuadro. A posteriori tu padre me ha contado que las altas no se veían en el aparato.

Y no era todo dolor. Porque aunque el dolor era infernal el placer del no dolor era la calma, el placer, el sueño y las ilusiones, que se veían rotas por otro pico de dolor infernal. No, no solo era el dolor, era que a ti no te llegaba el oxigeno.

Cuando estás en un hospital, medio desnuda, despeinada, sudada, sufriendo como la que más, con un miedo atroz que se mezcla con la ilusión, oír “vamos a hacer una prueba porque no le está llegando oxigeno al bebé”, no te da nada de seguridad. Al bebé, al alíen hasta hace pocos meses, a ese alíen que ya tiene nombre, que  ya tiene ropa, cuna…

Y de ahí, te ves aguantando tres contracciones sin epidural mientras te ponen una vía raquídea, o sea una especie de epidural. Aguantando, porque si temes por el alíen, temes por ti. Tú que no te querías poner la epidural porque no sabias si ibas a saber quedarte quieta, tú que querías un parto natural, aguantas 3 contracciones sin moverte, sujetada por tu pareja y la matrona mientras te ponen una anestesia epidural.

Y ves como miden el oxigeno y nadie dice nada. Y ves como tu chico sale detrás de la matrona. Y al volver te dicen, “no hay oxigeno”, nos vamos a preparar para una cesárea. Y tú piensas; ¿Cómo que cesárea?, no, yo quería un parto natural.

Y en un momento en el que piensas que no sabes lo que quieres, pero que una cesárea son minutos, que igual tu hijo no tiene minutos, que tu lo que quieres es que este bien y que esto acabe. En ese momento te envalentonas y dices “¿Me dejas empujar?” y gracias a que elegí un lugar con parto respetado la ginecóloga muy seria me dice: “porque te has preparado, pero te doy solo una oportunidad, un empujón si no baja se hace cesárea y punto”.

Y ahí estas tu. Muerta de miedo. No quieres cesárea, pero quieres que todo vaya bien. No quieres correr por los pasillos, quieres que todo sea tranquilo. Estas asustada porque la maldita epidural no te deja sentir el dolor horrible, y sin ese dolor horrible no sé cuando tengo que empujar. Hasta que te dicen: empuja.

Y vaya si empujas, primero soplando como me habían enseñado para no estropearte toda tú por dentro. Pero así no puede ser te dicen, debes empujar en apnea y tu recuerdas todo lo malo que es empujar así, pero empujas, vaya que si empujas con toda tu alma, empujas tu, empuja tu pareja, empuja la matrona y de repente ves la cara de la ginecóloga que se recuesta, te mira y te dice, si lo sigues haciendo así, tu hijo está aquí enseguida. Y lo vuelves a hacer, una vez más y tu bebe sale y te lo ponen encima. Y es una masa viscosa caliente, pegajosa que se llevan volando a reanimación. Miras a tu pareja, su cara que intenta tranquilizarte es una mezcla de terror y pánico ¿por qué se lo llevan? Y de repente por el camino hijo comenzaste a llorar y vuelves conmigo.

Y enseguida estás bien, con ganas de vivir. Tu padre llora. Yo no sé qué hacer, acabo de sobrevivir a un parto a tu parto y estas aquí. Tú sigues viviendo ajeno a todo, reptas hacia mi pecho como si los acontecimientos no hubieran ido contigo.

Y de repente observo como el equipo de reanimación sale discretamente de la sala, como el equipo de médicos que había en la puerta sonríen y se van lentamente y me doy cuenta del nivel del problema y me alegro de no haberlos visto antes, de haber elegido un lugar con un parto tan respetado, que no los vi cuando tuve que empujar pero que estaban ahí si los necesitaba.

Así, entre sustos y risas viniste al mundo, hoy hace 6 meses.

 

 

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